OTROS POEMAS
El
cuaderno de Hilaine. El
sol es el culito de una luciérnaga gigante; y el mar ‒quién no lo
sabe‒ es una ponchera grande. En
nuestra casa hay luciérnagas y una ponchera azul de peltre, pero lo
más importante, estamos llenando de arena el patio para que vengas a
jugar.
No mates el gusanito, déjalo medir el tiempo. Cuando nazcas, te haremos la fiesta más grandota del barrio, conocerás el zapallo, bailarás el sebucán. Hija, tienes un papagayo en casa. En la casa de bahareque habrá guayabas, limones y hierbabuena. De tu primera lágrima nacerá un araguaney. Hija, cuando crezcas cúrale a la gente las heridas con chimó; enséñales la belleza con la totuma tierna; y cuando no sepan a dónde ir, muéstrales un trompo, enséñales el sabor de los mangos.
Ayer visité a una muchacha de veintidós años; y me dijo que no. Hablamos de los presos; y yo en este terrible deseo de desnudar sus labios, de posarme en sus aguas como una mariposa en los charcos cuando hay sequía. Y me contuve; y desde entonces busco el deseo único de que no me vaya solo por esa calle de ciudad enseguida; y para que no me vaya solo como un poeta fiel a los designios de la muerte. Nos despedimos a las cinco; y le dije que la próxima vez traigo un chicle y se lo pego al pito del vigilante; y se fue en una camioneta de aviso azul y se me hizo poesía ese azul y se me hizo distancia.
Ayer visite la tarde en Isla negra, abrimos las puertas cerca de ti y de la nada. Vestimos nuestros trajes de cenizas como unos pordioseros; y te habitamos como los fantasmas que despellejan la tierra. Desbaratamos tus luces en racimos de antorchas; y silencioso te posaste como una araña en los vientos del sur.
La noche parece un vaso de ron, la turba, el sosiego de las piedras que no termina. La brisa como un montón de nada se quedó en el árbol, mano en reposo que no se siente tanto ella misma. Todo me recuerda lo lejos que estaré; y lo cerca, cuando te mire y no haya estrellas ni lunas, solo la noche como un montón de rabia sobre la vida. El balde está agarrando pedazos de oscuridad para mañana, quién llegará a bañarse.
Amatista le trae sombras, le prende sombras. Amatista ‒gritan por el fondo de la calle‒ ya no te pertenece, déjalo como dormido junto al fuego. Y Amatista se ve saltar en el último relámpago de la noche; Amatista toda ternura desanuda el relámpago y viaja sola, con el campanario de algodón entre sus dientes.
El corazón de la pared es un vestido blanco, plano y triangular junto al lugar para casarse. Dos manitas y dos pies, así como el dibujo de una mujer en la escuela. El corazón de la pared quiere subvertirse hacer el amor.
Carajo uno se despierta y ya no está con los vivos. Él se fue con su “Cristo rojo” que se parece a un amanecer de corocoras o al corazón de Cristo crucificado, retorcido y hueco de tanto sufrimiento.
No mates el gusanito, déjalo medir el tiempo. Cuando nazcas, te haremos la fiesta más grandota del barrio, conocerás el zapallo, bailarás el sebucán. Hija, tienes un papagayo en casa. En la casa de bahareque habrá guayabas, limones y hierbabuena. De tu primera lágrima nacerá un araguaney. Hija, cuando crezcas cúrale a la gente las heridas con chimó; enséñales la belleza con la totuma tierna; y cuando no sepan a dónde ir, muéstrales un trompo, enséñales el sabor de los mangos.
Ayer visité a una muchacha de veintidós años; y me dijo que no. Hablamos de los presos; y yo en este terrible deseo de desnudar sus labios, de posarme en sus aguas como una mariposa en los charcos cuando hay sequía. Y me contuve; y desde entonces busco el deseo único de que no me vaya solo por esa calle de ciudad enseguida; y para que no me vaya solo como un poeta fiel a los designios de la muerte. Nos despedimos a las cinco; y le dije que la próxima vez traigo un chicle y se lo pego al pito del vigilante; y se fue en una camioneta de aviso azul y se me hizo poesía ese azul y se me hizo distancia.
Ayer visite la tarde en Isla negra, abrimos las puertas cerca de ti y de la nada. Vestimos nuestros trajes de cenizas como unos pordioseros; y te habitamos como los fantasmas que despellejan la tierra. Desbaratamos tus luces en racimos de antorchas; y silencioso te posaste como una araña en los vientos del sur.
La noche parece un vaso de ron, la turba, el sosiego de las piedras que no termina. La brisa como un montón de nada se quedó en el árbol, mano en reposo que no se siente tanto ella misma. Todo me recuerda lo lejos que estaré; y lo cerca, cuando te mire y no haya estrellas ni lunas, solo la noche como un montón de rabia sobre la vida. El balde está agarrando pedazos de oscuridad para mañana, quién llegará a bañarse.
Amatista le trae sombras, le prende sombras. Amatista ‒gritan por el fondo de la calle‒ ya no te pertenece, déjalo como dormido junto al fuego. Y Amatista se ve saltar en el último relámpago de la noche; Amatista toda ternura desanuda el relámpago y viaja sola, con el campanario de algodón entre sus dientes.
El corazón de la pared es un vestido blanco, plano y triangular junto al lugar para casarse. Dos manitas y dos pies, así como el dibujo de una mujer en la escuela. El corazón de la pared quiere subvertirse hacer el amor.
Carajo uno se despierta y ya no está con los vivos. Él se fue con su “Cristo rojo” que se parece a un amanecer de corocoras o al corazón de Cristo crucificado, retorcido y hueco de tanto sufrimiento.
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